Wednesday, August 29, 2007


“Hablemos de fútbol”,
un relato para vivir y amar


Lo repito una vez más. Si Dios fuera redondo y el fútbol una religión seguida por muchos, entonces debería existir una Biblia en su nombre. Aún mejor, aquellos 22 actores con polines blancos serían profetas encaminados a predicar lecciones sin explicación ni lógica. Y es que el fútbol carece de cualquier ilustración y fórmula sistemática conocida.

Sin razón ni explicación llega a los hogares en un domingo, vestido de distintos colores, adornado con confeti y luces de bengala. Y aún cuando los banderines no están en su lugar, el árbitro no pita en la circunferencia, el técnico no se sienta en la banca, y ni los hinchas copan los graderíos, el fútbol se respira en todas partes.

Se siente en las discusiones acaloradas sobre la última jugada de Leonel Messi en el Barcelona español. Se percibe en los comentarios de última hora sobre una posible contratación de Mario Jaquet para el Ballet Azul. Se vibra al recordar el último Clásico del Astillero. Y se respira profundo al pensar que Ecuador podría ser el próximo campeón de la Copa América.

Se comenta, se sueña y se espera. El coro es siempre uno solo: “Hablemos de fútbol”.

De toques y gambetas
Era un sábado cualquiera por la mañana. El pibe pisaba por primera vez el gramado del Monumental del Salado. Aquel estadio con capacidad para más de 45 mil espectadores estaba vacío. Él había cruzado todo el litoral con la esperanza de vivir aquellas imágenes que solía observar sólo por televisión.

Se acercó al canchero a preguntarle dónde estaban los jugadores, el cuerpo técnico, los utileros y las cámaras de televisión. El canchero de canas infinitas, quien alisaba el césped con lentitud, lo miró con compasión y comprendió que aquel pibe nunca había visto de cerca un verdadero partido de fútbol.

“El fútbol”, le dijo… “está en todas partes, es como Dios. No se ve pero sabes que está ahí, las 24 horas del día esperando a que lo recuerdes”.

¿Cómo se puede amar algo sin conocerlo? ¿Cómo se puede seguir a alguien sin ni siquiera haberlo visto de cerca? Esa es la magia del fútbol, una ilusión que embriaga de emociones y energías misteriosas.

Ese día, aquel pibe de siete años durmió tranquilo. Por la mañana se alistó con su nuevo amigo, el canchero rumbo al Monumental. Había ahorrado por seis meses y ni el hambre o la sed podrían arrebatar su sueño. Llegaba para la cita dorada: el Clásico del Astillero. Y aunque su equipo no jugaba de local, sabía que esa tarde el Bombillo se prendería.

Era el partido soñado. Barcelona-Emelec… Emelec-Barcelona. El Súper Clásico del país entero. Un recuerdo de dos camisetas legendarias, donde la memoria viaja por más de 60 años de historias, genios y tradiciones. La sensación de vivir un Clásico es inolvidable, azules y amarillos juntos para la eternidad. Por 45 minutos, el pibe sabía que existe un solo momento, que la vida, el mundo entero y todo lo demás podía esperar.

Mientras la Boca ingresaba por la Tribuna este, el pibe se separó de su amigo, el canchero. Compartían una misma pasión pero de colores distintos. Junto con los suyos, se sintió uno más entre una gran marea azul, que se agitaba cada vez que el Bombillo vencía con una gambeta al rival.

Miraba a su alrededor y no lo creía. El blanco de ojos verdes, el negro de cabellos apretados, la mulata de ojos negros, el pobre de camiseta raída y el rico de zapatos de marca compartían un mismo lugar, tomaban de la misma botella y hasta rezaban con igual ímpetu y fe. Aquellas tardes de postal en la mente del pibe se hacían realidad y aunque su equipo no ganaba estaba contento.

Eran las 19h50, faltaban cinco minutos para el final. Los más piadosos se arrodillaban en las gradas, los menos templados tapaban sus rostros y los descarados seguían gritando sin cesar. Esa noche, no hubo un ganador absoluto, pero el pibe sentía que alcanzaba la gloria. Se marchaba del Monumental con orgullo, dignidad y satisfacción.

Ya había vivido lo que en sueños tocaba de lejos. Ahora, el quería ser un profeta. Un actor de una historia llamada fútbol. Un profeta azul que con su toque exquisito haga soñar, aún cuando no juegue. Un profeta que acaricie el balón y roce las redes con sus goles. Que dedique su triunfo a la hinchada besando la camiseta y que enseñe a amar sin palabras, pero sí con toques y gambetas.

Mientras se preparaba para profeta, hablaba de fútbol con pequeños y grandes. En el andar, el pibe aprendió que el fútbol de hoy es el mismo, pero no es igual. Se juega con la misma pasión y amor desenfrenado. Pero se mide a la vez con una vara de ofertas y especulaciones.

El fútbol de ayer, hoy y siempre se juega en una línea del tiempo suspendida de nostalgia, rezos y santidad. El pibe aprendió que los jugadores de hoy cambian de camiseta y se deben a más de una hinchada. Aún así, decidió seguir y convertirse en el próximo rey de copas y alcanzar la gloria con el encanto de un balón.

Carlos Bilardo, ex – técnico argentino, solía decir, “el que sólo sabe de fútbol. En realidad no sabe nada”. La virtud futbolística consiste en conocer lo que encierra este deporte y en amar la madurez que despierta, las lágrimas que arranca, la pasión que embriaga y las sonrisas que enamoran. Porque sin sonrisas, el fútbol no existe.